23-01-2006 |Clarín|
Calidad de vida en
zonas poco pobladas: Una arquitectura para aprovechar las fuentes energéticas
naturales.
Las primeras casas bioclimáticas en el sur, para pobladores rurales
En un paraje de Chubut, con temperaturas constantes bajo cero en invierno, se construyen viviendas en las que el sol funciona como estufa, cocina y calefón. Un molino eólico permite desterrar las velas.
La
familia Martín está a punto de pasar del siglo XIX al siglo XXI. El puente será
el mismo sol que reseca las matas que alimentan a sus ovejas y chivas, y el
mismo viento que arranca paladas de tierra al desierto patagónico. Entonces se
mudarán de su rancho oscuro y helado, a la casa bioclimática que ellos mismos
construyeron, con la ayuda de sus vecinos.
Rancho y casa están en el mismo pago: el paraje Fofo Cahuel, a 18 kilómetros de
Cushamen, un pueblo de 600 habitantes en el noroeste de Chubut. Y es apenas el
prototipo de un ambicioso programa multidisciplinario, iniciado por el Instituto
Provincial de la Vivienda para mejorar la calidad de vida de los pobladores
rurales dispersos. En los próximos seis meses se pondrán en marcha 33 viviendas,
de las que diez estarán terminadas en mayo.
"La base de la arquitectura bioclimática es la conservación energética", explica
Edgardo Mele. Junto con la arquitecta Liliana de Benito diseñaron el prototipo,
a partir de las necesidades expresadas por los futuros habitantes.
En una zona donde llueve 178 milímetros al año, el sol resulta el único
combustible accesible para contrarrestar el bajo cero constante del invierno. En
una vivienda con orientación adecuada, funciona como estufa, cocina y calefón.
La ventilación cruzada y las chimeneas solares refrescan las tardes de verano. Y
un molino eólico permite desterrar las velas y el farol a querosén (ver
infografía). "Lo único que nos falta es producir biogás en el pozo ciego, para
cocinar", anticipa Mele.
"Empezaron por lo que siempre quisimos tener. Gobierno que pasaba, le pedíamos
la luz y el agua; el agua que bebemos, y para las plantas que queremos tener.
Además, esta casa trae incorporadas cosas que no podíamos lograr, como
carretilla, herramientas y pala. Y si no tenemos buena luz, no podemos armar
artesanía", explica Mario Martín.
En parte por la tradición mapuche, en parte obligados por el aislamiento, los
hombres curten y trenzan el cuero de sus aperos, riendas, bozales y rebenques.
Las mujeres hilan y tejen su ropa de abrigo. Y ahora, con los nuevos sistemas de
cocción, planean preparar quesos y dulces, para lo cual ya han hecho cursos.
"Vamos a tratar de cocinar mucho mejor, cosas que acá no podemos, como tartas y
facturas", se ilusiona Olga Flores de Jara.
Ha estado desde el primer momento moldeando los ladrillos de sus vecinos, y en
pocos días ellos comenzarán a devolverle el favor (ver Todos...).
"Pedíamos a Dios que nos tocara un día sin viento para poder trabajar, aunque
sea una hora. Mientras no me pase nada, yo voy a seguir".
Olga, cuyo marido quedó ciego, no puede creer que dentro de pocos meses dejará
de sacar agua del pozo —20 litros a puro pulso— y abrirá canillas. Que se bañará
con agua tibia dentro de la casa, y no en una letrina. "Mi hijo va a la escuela,
y lo que más le gusta es el baño", confiesa Mario. Fátima, su esposa, se
entusiasma con el invernáculo junto a la cocina: "Ahora tenemos toda la
comodidad para sacar la lechuga".
Clara, luminosa, con ventanas vidriadas, amplia: no se parece en nada a los
ranchos de los paisanos. "Al principio nos asustamos al ver la forma que iba a
tener la casa —confiesa Olga—. Pero era sólo cuestión de animarse, de hacer un
esfuerzo y ponerse a aprender". Cocina, comedor y estar conforman un solo
espacio de unos 28 metros cuadrados, concebido a partir de las costumbres de los
paisanos. Olegario Huenchullán no lo duda: "Me voy a sentir cómodo, con los
cinco chicos que tengo".
En La Rinconada, a 40 kilómetros al sudeste de Cushamen, Saturnino Tracamán anda
por las primeras hiladas. "Empezamos a cortar ladrillos en marzo, y en abril ya
no pudimos hacer nada. En invierno, la nieve nos dejó aislados: el año pasado
nos quedamos casi sin vicio", cuenta, refiriéndose a las provisiones.
En diciembre todavía caen heladas, pero Saturnino aprovecha la larga luz austral
y trabaja de 7 a 21. "Va a ser toda una nueva vida", imagina. Lejos de allí, en
Fofo Cahuel, Mario pone el mismo empeño: "Sabemos que estamos haciendo las cosas
bien, y nos dan ganas de terminarlas".

|
Con monitoreo universitario
El programa de viviendas bioclimáticas para los campesinos del noroeste
de Chubut tiene un enfoque multidisciplinario. Una geógrafa y licenciados en
ciencias políticas abordan el ordenamiento territorial. Dos pedagogas
sociales, la transferencia de conocimientos. La Corporación de Fomento
(provincial) realiza las perforaciones para el agua. |
|
Todos construyen las casas de todos Hombres,
mujeres y chicos bajan de la camioneta y, con el paso lento de la maravilla,
se encaminan hacia la casa de los Martín. "Vivimos en un ranchito pobre, que
está que se cae", cuentan Sara Morales y Crescencio Mele. Siete personas en
dos piezas y con letrina afuera. |
Fuente:
Sibila Camps. CUSHAMEN. CHUBUT. ENVIADA ESPECIAL